domingo, 10 de febrero de 2013

10 de febrero de 1847: Desmitificando a Edison



    Debemos agradecer al cambio climático, limitar el tráfico, intercambio y uso de la lamparita eléctrica de filamentos. Contribuye esta sabia decisión a nuestro esfuerzo por enterrar definitivamente la figura de Thomas Alva Edison, ese gran genocida que el mundo sigue perdonando.


    De ese sordo inventor que propuso la corriente alterna sólo como fuente de alimentación óptima para la silla eléctrica, tratando de aplastar con su dudoso prestigio la enorme tarea del probo Nikola Tesla.  Un sujeto cuya mente parió una infinidad de artilugios demoníacos,  al que al día de hoy, las glorias que se cantan son demasiadas. Nosotros, los defensores de la ciencia, como portavoces de la justicia verdadera, pedimos que se termine con esta mentira infame, y aprovechando el renovado interés por el realismo, vamos a dejar aquí nuestra denuncia, que si la ciudadanía está realmente emancipada de la incultura y las enfermedades de transmisión cutánea (especialmente el crecimiento capilar, o gorilismo), estamos seguros de que no habrá malos oídos y después malos hocicos que malogren nuestra causa.

    No damos la espalda a los logros indiscutibles del sujeto Thomas Alva Edison, al que en adelante llamaremos sólo como Edison. Dejamos aquí, para demostrar nuestra ecuanimidad, una lista de los inventos más notables de esta personalidad criminal:

     
        1868: Artilugio para el recuento automático de votos. Patentado y sin éxito alguno hasta ochenta años después. Para tramitar la patente, Edison contrató al abogado Carroll D. Wright. El instrumento se llevó ante un comité del Congreso de Washington. Ahí el veredicto fue brusco pero honesto: "Joven, si hay en la tierra algún invento que no queremos aquí, es exactamente el suyo. Uno de nuestros principales intereses es evitar fraudes en las votaciones, y su aparato no haría otra cosa que favorecerlos"
Aparato para el recuento de votos

        1875: Mimeógrafo: Un aparato para hacer copias de cartas impresas. Vergonzoso frente a la prolífica fotocopiadora de silicato de zinc.

        1878: Fonógrafo. El primer instrumento para grabar y reproducir sonidos reales. Funcionaba con discos de cartón y posteriormente cilindros de cera de ínfima calidad sonora. Dios salve al gramófono, que apareció en nuestro mundo barriendo tamaña estafa técnica. Dios salve, pues, al padre de la nueva técnica gramofónica: Emile Berliner.

        1879: Lámpara de filamento incandescente. La lámpara de Edison fue, como todos sabemos, un afano descarado al pobre Heinrich Göbel, que las fabricaba desde hacía 30 años en su humilde relojería alemana. Edison patentó la lámpara de filamento de bambú (más resistente a la fusión, decía él, que el metal) y las ganancias, unidas a las que producían sus modelos de fonógrafo, le ayudaron a crear en 1880, la General Electric.


        1880 maso, inventa una demoníaca alarma casera con un sistema para avisar a la policía, cuya paupérrima precisión despertaba barrios enteros cuando registraba, por ejemplo, las pisadas de un gato atravesando la ventana.

        1890: Kinetoscopio, una burda carcasa que no le llegaba a los pies al glorioso cinematógrafo de los Lumiere, pero que le granjeó ingentes beneficios.


        Bien. Seguro que Ud hasta acá no habrá hecho más que aplaudir. Lo entendemos. Celebran los inventos de ese chiflado como se celebran las monerías de un chico. Pero hay un invento más, que Edison se preocupó toda su vida de silenciar por la forma ominosa en la que se deshizo de él después de que sus asesores le aconsejasen que abandonase la empresa: la muñeca parlante Edison, o como nosotros la llamamos: la gran víctima de Edison.


        La gran víctima fue inventada en 1886. La madre muerta de las posteriores muñecas parlantes, la primera, la mártir de una estirpe hoy día condenada a la desaparición o, peor todavía, a la mutación horripilante en Furby, el osito Teddy y otros transgénicos jugueteros.


          Tenía esta muñeca una dulce cabecita de porcelana con cabellos humanos, pintada primorosamente a mano por los artesanos a sueldo del despiadado padre de la criatura. Sus bracitos y piernas rechonchas estaban adheridas a un cuerpo de metal, en cuyo interior había un pequeño modelo del fonógrafo. Era, pues, una muñeca con un pequeño fonógrafo de cilindro de cera en su corazón, al que se le daba cuerda con una pequeña llave instalada en su espalda. La muñeca, al ser activado el fonógrafo de su cuerpito, pronunciaba dulces frases infantiles. Somos conscientes de que no era una muñeca perfecta. Su disco parlante era tan frágil que un movimiento brusco de una niña o la caída fortuita o deliberada de la muñeca partían casi siempre el mecanismo. Quedaba así muda, y su cuerpo de hierro, demasiado pesado y duro para recibir el amor maternal de las niñas norteamericanas que serían las viudas de la Gran Guerra, las relegaba al fondo del armario o de vuelta a la fábrica. Además, como es de suponer, su precio era prohibitivo y las madres, rabiosas, seguramente las devolvían a las tiendas después de que el poco cuidado de sus hijas malograse la inversión de aniversario o navidad.

    La noticia del crecimiento inverso de la curva de ventas de la muñeca llegó a los oídos de Edison. Suponemos que abrió uno de los cajones de su escritorio, sacó de allí a una de sus muñecas parlantes, y después de mirarla y quizás relamerse blandamente los labios, tomó la decisión de abandonar el negocio. Qué fue de la muñeca que el tirano guardaba en su cajón es algo que ignoramos por completo, pero sabemos qué ocurrió con las demás.

    Los operarios recibieron la siguiente notificación, firmada por el mismísimo Edison: 

        “Trabajadores: La muñeca parlante que producimos debe dejar de fabricarse de inmediato. Todos los ejemplares que hay en los almacenes de nuestra casa, deben ser enterrados en una gran fosa que se excavará en la parte trasera del hangar número 43 de nuestras instalaciones”

      La noche del catorce de marzo de 1888 se consumó el genocidio:  la última partida de muñecas parlantes fue enterrada bajo los hangares de la General Electric. Sólo las muñecas que no habían sido devueltas o que no habían sido destruidas en acto de servicio en su peligroso cometido con los niños norteamericanos y europeos, han llegado hasta nuestros días. Sus caras de ojos muy abiertos, sus expresiones de júbilo contenido, no son sino un vestigio sutil del dolor histórico en que estas supervivientes de la matanza contemplan pasar el tiempo.

     Sabrán quizás el destino que sufrieron sus hermanas. Sabrán que bajo estas mismas losas que pisamos, duermen el sueño de los justos centenares de muñecas parlantes como ellas, enmudecidas para siempre por la zarpa de un genocida, a cuya muerte en 1931, el mundo entero apagó sus lamparitas por un minuto.

    Y nosotros decimos que la corriente continua y todos los inventos de Edison deberían desaparecer de faz de la tierra, que todas las lamparitas de filamento deberían apagar para siempre el recuerdo del responsable del genocidio de todas esas niñas de porcelana y metal, cuyos pequeños corazones de cera siguen recordando con sus inocentes frases infantiles el pecado y la maldad del padre que las abocó al sufrimiento eterno.

    Desde hace más de ciento veinte años, sus voces brotan de debajo de la tierra para recordarnos lo que Thomas Alva Edison les hizo. ¿Quién será el maldito que se atreva a no escuchar?
Con esa cara de bueno, Edison era
un descarnado capitalista y un genocida

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