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martes, 15 de enero de 2013

16 de enero de 1846: La otra batalla...



Almirante Charles Hotham

 A mediados de 1845 la Confederación Argentina era invadida por una poderosa escuadra anglo-francesa al mando del almirante Hotham (Quien luego sería Gobernador del Estado de Victoria, Australia). Las dos más grandes potencias del mundo violentaban el territorio argentino a pedido de los comerciantes, banqueros e industriales ingleses que "urgían al gobierno británico para que conjuntamente con el de Francia, adoptase medidas para limitar las restricciones puestas al comercio en el Plata".






Así comienza lo que algunos autores han denominado "La Guerra del Paraná". Esta es una guerra nacional de resistencia que el gobierno de Rosas lleva a cabo contra la agresión imperial anglo-francesa.






La guerra del Paraná
 

Robo de la escuadra Argentina realizada por la flota Anglo-Francesa

Esta verdadera guerra fluvial comienza con el apoderamiento de los barcos argentinos de la escuadra de Brown en Montevideo en agosto de 1845 y termina cuando Gran Bretaña firmó con Rosas un tratado en 1849, por el cual Inglaterra se vio obligada a evacuar la isla Martín García, reconocer la soberanía argentina sobre los ríos interiores, los derechos de Oribe para ocupar la presidencia del Uruguay, devolver los barcos argentinos y saludar en desagravio el pabellón nacional con 21 cañonazos.

Con respecto a Francia, se convino que la Argentina retiraría las tropas de la Banda Oriental cuando Francia quite las guarniciones militares de Montevideo, abandone su posición hostil y celebre un tratado de paz. Francia debió ceder después de meses de negociar ante las exigencias de Rosas. En agosto de 1850, Francia concluyó con la Confederación un tratado de paz y amistad. Rosas exigió que se formule el desagravio al pabellón nacional con 21 cañonazos en forma inmediata a lo que los franceses accedieron.

Los respectivos tratados de paz marcaron una clara victoria de la firme y digna posición en defensa de nuestra soberanía nacional llevada a cabo con férrea voluntad por Juan Manuel de Rosas como encargado de las relaciones internacionales de la Confederación.

Las batallas de la guerra

Batalla de la Vuelta de Obligado

Durante esta conflagración internacional se libraron sobre las costas de los ríos Uruguay y Paraná varios encuentros armados. Una de las batallas, la de "La Vuelta de Obligado", es recordada todos los 20 de noviembre como el "Día de la Soberanía Nacional". Tal vez se eligió este combate como ícono, debido a la feroz resistencia de las tropas argentinas comandadas por Lucio N. Mansilla, el alto valor simbólico de las cadenas cortando la navegación del río y la repercusión internacional que tuvo.


Pero hubo otras batallas, no menos significativas que ésta, tanto desde el punto de vista militar o por sus posteriores proyecciones políticas. La escuadra invasora fue también hostilizada y combatida en las barrancas de "Tonelero" y "Acevedo", en "Quebracho" y en la "Batalla Olvidada" de "San Lorenzo" a la que se refiere en esta nota.


La "Batalla olvidada"




Gral. Lucio V. Mansilla
En las barrancas de la costa comprendida entre el histórico convento de San Carlos y el lugar que se llama "Punta del Quebracho", el General Mansilla, comandante de las defensas, había dispuesto ocultar los cañones bajo la maleza junto con 250 carabineros y 100 infantes.

Al mediodía de 16 de enero de 1846, cuenta Saldías en su monumental "Historia de la Confederación Argentina", aparecieron el vapor "Gordon", la corbeta "Expeditive", los bergantines "Dolphin", "King" y dos goletas armadas. La flota montaba 37 cañones de grueso calibre y custodiaban la navegación de 52 barcos mercantes.




A la altura de la desembocadura del arroyo San Lorenzo, la "Expeditive" y la "Gordon" hicieron tres disparos de bala y metralla sobre la costa para descubrir la fuerza de Mansilla. Las tropas argentinas permanecieron, según el plan, ocultas en sus puestos. Cuando todo el convoy se encontraba en la angostura del río, Mansilla mandó a romper el fuego de sus baterías dirigidas por los capitanes José Serezo, Santiago Maurice y Álvaro de Alzogaray. "El ataque fue certero; los buques mercantes rumbeaban desmantelados hacia dos arroyos próximos, aumentando con el choque de los unos con los otros las averías que les hacían los cañones de tierra."

Al comenzar la tarde el combate continuaba extremadamente recio todavía. Favorecidos por el viento de popa del atardecer, el convoy invasor llegó hasta el lugar llamado "Punta Quebracho" con grandes averías en los buques de guerra y pérdidas considerables de las manufacturas para comerciar que llevaban los buques mercantes. 


contraalmirante Edward Inglefield

Murieron en combate 50 hombres de las fuerzas invasoras. El contraalmirante Inglefield en su parte oficial al almirantazgo británico dice que: "los vapores ingleses y franceses sostuvieron el fuego por más de tres horas y media y apenas un solo buque del convoy salió sin recibir un balazo".

La pérdida de las fuerzas nacionales fue insignificante: una sola baja. Mansilla pudo decir con propiedad que: "hábiale tocado el honor de defender el pabellón de su patria en el mismo paraje de San Lorenzo que regó con su sangre San Martín al conducir la primera carga de sus después famosos Granaderos a caballo".



Fuentes

Dr. Gonzalo García, en La Opinión Popular.
 

Adolfo Saldías, Historia de la Confederación Argentina. Rozas y el Brasil, Félix Lajouane editor , 1892 (De dominio público, se puede descargar en formato .pdf en http://archive.org/details/historiadelaconf01sald y subsiguientes)

lunes, 31 de diciembre de 2012

31 de diciembre de 1856: Muere Eduardo Brown

Nació en Buenos Aires en 1817, siendo hijo del almirante Guillermo Brown y de Elyza Chitty.  Al Almirante se le encargó organizar una fuerza corsaria “al Mar del Sur”.  Esta se integró con las naves “Hércules”, “Santísima Trinidad”, “Halcón” y “Constitución”, al mando de los capitanes Miguel Brown, Walter D. Chitty, Hipólito Bouchard y Oliverio Russell respectivamente.  Sin embargo, antes de que zarpara, el Director Supremo ordenó a Brown permanecer en Buenos Aires, en su cargo en la Comandancia General de Marina y resignar el mando de la expedición.

Eduardo Brown


Muy distinta fue la apreciación del irlandés respecto a lo que era más importante para los intereses de la Nación y al igual que San Martín en su oportunidad, desobedeció la contraorden y zarpó con la “Hércules” y la “Santísima Trinidad” el 15 de octubre de 1815.  Ante la ausencia del Almirante y acosada por el gobierno del Directorio, Elyza trató de subsistir dignamente y requirió, al agotársele los medios, el pasaporte para viajar a Inglaterra, lo que le fue negado.

Buscó el amparo del comodoro británico en el Plata y nocturna y ocultamente embarcó a bordo del HMS “Anphion” y pasó de allí a un mercante inglés que la llevó -junto con sus cuatro hijos- a Londres.  Brown se reunió con su familia en Londres el 15 de junio de 1817.

Al ser innecesaria su presencia en Inglaterra, regresó Brown a Buenos Aires, donde arribó el 23 de octubre de 1818.  Detenido de inmediato y preso en el Cuartel de Aguerridos situado en las proximidades de Retiro, fue puesto ante una corte marcial por insubordinación y el fiscal, teniente coronel de Marina Matías de Aldao pidió la pena de muerte, conforme a los reglamentos.

No alcanzó la defensa del coronel Don Mariano Benito Rolón y el tribunal militar falló en su contra, condenándolo a la última pena.  El asesor y Auditor General del Estado, Dr. Juan José Paso, aconsejó no se diera el “cúmplase” a la sentencia, por “no ser un cargo depurado y líquido el de la acusación y en atención a los servicios prestados a la Patria por el acusado”.
Accedió el Director Supremo, general José Rondeau, y sin expedirse sobre la inocencia o no de Brown, resolvió por decreto del 17 de setiembre de 1819 sobreseer la causa, aplicando “Cédula de retiro absoluto del servicio en favor del coronel de Ejército Don Guillermo Brown, con sólo goce de fuero y uniforme”.

Almirante Guillermo Brown


Brown quedó en libertad de inmediato, sin haberes, embargada su única propiedad en Buenos Aires: la casa quinta de Barracas.

El 7 de diciembre de 1822 regresaron a Buenos Aires Eliza Chitty y sus cuatro hijos (Elisa, Guillermo, Martina y Eduardo), en el bergantín Hutton al mando de Miguel Brown, hermano del almirante.  Con la reunión familiar comenzó otra etapa en la vida de la familia Brown

Sin lugar a dudas estos hechos marcaron la niñez de Eduardo Brown.  Pero aún habría otro suceso que quedaría por siempre grabado en su memoria: en 1830 parte con su madre y su hermana Martina a Londres, naufragando el barco que los transportaba.  Afortunadamente pudieron llegar sanos y salvos a la costa brasileña.

Con vocación por el mar actuó durante la época de Juan Manuel de Rosas.  En 1840, al hacer la paz con los franceses, el coronel Antonio Toll y Bernadet propuso al gobierno, que Brown fuese nombrado teniente de marina, acordándosele el grado con el mando del bergantín-goleta de guerra “Vigilante”.  En 1841, revistaba como comandante del bergantín “Republicano”, y el 16 de diciembre se encontró en la captura de la barca “Cagancha” frente al Banco Inglés.

Su padre lo propuso al gobierno en 1842, para reemplazar en el mando de la goleta “9 de Julio” al sargento mayor Guillermo Bathurst.  Poco después, cumpliendo órdenes del Almirante interceptó un sloop que había salido de Montevideo llevando armas para Colonia, pero temiendo por su suerte Brown zarpó en su buque insignia y la encontró efectuando una buena vigilancia.

Sostuvo el combate de Costa Brava, y en 1843, tuvo lugar el incidente contra el buque de guerra francés “Arethuse” en la que dos lanchas riveristas fueron perseguidas por la “9 de Julio”.  Una de ellas se vio obligada a refugiarse en una caleta al costado de la “Arethuse”, mientras el Almirante hizo abordar la ballenera enemiga por su hijo.  El oficial francés de la lancha izó su pabellón en la ballenera riverista, pero la retiró cuando atracó el bote de las que la rodeaban.  La llegada de las lanchas del “Belgrano” y del “San Martín”, mandada la primera por el teniente Alzogaray decidió la cuestión, pues todos fueron a la “9 de Julio” donde el oficial francés debió dar una explicación al Almirante, y después de una gran discusión, la reunión terminó amigablemente.  Más tarde, algunas maniobras que realizó el “Arethuse” sirvió para poner en guardia a los buques de la escuadra, sosteniendo el Almirante otra disputa con los marinos extranjeros, hasta que Brown se quedó con la ballenera. 

Continuó al frente de su goleta “9 de Julio” en 1843 y 1844, en que pasó al mando de la “Chacabuco”, carenada en la Ensenada.  Las relaciones oficiales de padre e hijo en la profesión no torcieron la conducta del almirante: fue Eduardo un subordinado más, en las exigencias del servicio a bordo.  Castigado por un incidente provocado frente a Montevideo por un buque de guerra norteamericano, sufrió Eduardo la prisión correspondiente y cumplida la pena impuesta por el Restaurador, regresó a bordo y se mantuvo en el servicio hasta su temprana muerte

En el combate de la Vuelta de Obligado, el 20 de noviembre de 1845, tuvo una actuación distinguida mandando la batería “General Brown”.  Durante el Sitio de 1853, combatió a las órdenes del teniente coronel Nicasio Biedma “con valor y patriotismo”, según el parte.


Combate de Vuelta de Obligado


Falleció en Buenos Aires, el 31 de diciembre de 1856.  En 1847 contrajo enlace con Margarita Fitton, hija de un antiguo subordinado de su padre.  La muerte de Eduardo Brown dejó a su joven viuda sin hijos y en digna pobreza.  Negada en principio la pensión militar, le acordó el almirante Guillermo Brown, en carta plena de amor filial, una suma mensual de su bolsillo, aporte que continuó su hija Martina, a la muerte de su padre.

El fallecimiento de su hijo golpeó duramente al Almirante.  Su hijo menor, subordinado directo en su última campaña, su confidente durante las inexplicables y largas jornadas de la intromisión extranjera en el Plata, su apoyo en los días del bloqueo a Montevideo, su continuador en la Armada, era su esperanza en esos momentos finales, como lo era su hija Martina en la administración de su correspondencia y documentos.

Fuente
Cutolo, Vicente Osvaldo – Nuevo Diccionario Biográfico Argentino – Buenos Aires (1985).

martes, 25 de diciembre de 2012

25 de diciembre de 1846: Fructuoso Rivera saquea Paysandú. Fin de la Guerra del Paraná










Vuelta de Obligado (20 de noviembre de 1845), primer batalla de la Guerra del Paraná



Guizot, en su diario “Journal des Débats”, anuncia que la escuadra se reforzará “para Obligar a Rosas a terminar la guerra”.  Francia, con sus treinta y cuatro millones de habitantes e Inglaterra con sus veinticinco millones van a luchar contra un millón de argentinos, de los cuales sólo hay trescientos mil en la provincia de Buenos Aires.  Sin embargo, no hay que desanimarse.


San Martín, desde Nápoles, escribe al comerciante inglés Jorge F. Dickson –poco después, nuestro cónsul en Londres- una carta fechada el 28 de diciembre de 1845 y que es publicada el 12 de febrero de 1846 en el Morning Chronicle.


“Diré a Usted, según mi íntima convicción –le expresa el general San Martín- que los dos estados interventores, por los medios coercitivos que hasta el presente han empleado, no conseguirán el objeto que se han propuesto, es decir, la pacificación de las riberas del Plata.  La injerencia de estas dos naciones europeas en las contiendas interiores de los nuevos estados sudamericanos, no hará otra cosa que prolongar por un tiempo indefinido los males que tratan de evitar…  Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside a la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la vasta campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias interiores; y, aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales…, el bloqueo no tiene, en las nuevas repúblicas de América, la misma influencia que en Europa.  Sólo afectará un corto número de propietarios, pero a la masa del pueblo le será bien indiferente su continuación…  Aunque se apoderen de Buenos Aires… como el primer alimento del pueblo y casi único es la carne, y (como) es sabido con que facilidad pueden retirarse todos los ganados en pocos días a muchas leguas de distancia, como también las caballadas y todos los medios de transporte, y formar un desierto imposible de ser atravesado por una fuerza europea, (esta) correría un gran peligro, y, tanto más cierto,  cuanto mayor fuese su número…  Con siete u ocho mil hombres de caballería del país y veinticinco o treinta piezas de artillería volante –fuerza que con gran facilidad puede mantener el general Rosas- son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires, y también para impedir que un ejército europeo de veinte mil hombres salga a más de treinta leguas de la capital, sin exponerse a una ruina completa por falta de recursos”.


Gral San Martín


Luego le escribe a Rosas dos cartas, el 11 de enero y el 10 de mayo de 1846.  En ellas le dice: “Excmo. Sr. Capitán General, Presidente de la República Argentina, Don Juan Manuel de Rosas.  Mi apreciable general y amigo: Me hubiera sido muy lisonjero poder nuevamente ofrecerle mis servicios, como lo hice a Usted en el primer bloqueo por la Francia, lo que demostraría que en la injustísima agresión y abuso de la fuerza de la Inglaterra y Francia contra nuestro país, este tenía aún un viejo defensor de su honra y de su independencia; pero, ya que el estado de mi salud me priva de esta satisfacción, por lo menos me complazco de manifestar a Usted estos sentimientos, así como mi confianza no dudosa del triunfo de la justicia que nos asiste…  Ya sabía la acción de Obligado.  Los interventores habrán visto qué son los argentinos.  A tal proceder, no nos queda otro partido, que cumplir con el deber de hombres libres, sea cual fuere la suerte que nos depare el destino…  Mi íntima convicción es que todos los argentinos deben persuadirse del deshonor, que recaerá sobre nuestra patria, si las naciones europeas triunfan en esta contienda que, en mi opinión, es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España.  Convencido estoy de esta verdad, (y sepan) nuestros compatriotas que, la patria tiene aún un viejo servidor, cuando se trata de resistir a la agresión más injusta de que haya habido ejemplo”.

Vuelta de Obligado


Los barcos del convoy aliado, destruidas a martillazos las cadenas –después de cuarenta días de reparaciones- continúan río arriba, reducidos ahora a seis unidades de guerra y cuarenta y cuatro mercantes de los noventa y tres que formaban la expedición invasora.  El 9 de enero de 1846 son cañoneados en el paso del Tonelero, junto a Ramallo, y en Acevedo, al sur de San Nicolás; y el 16, desde las Barrancas de San Lorenzo al norte de Rosario, se completa el ataque.  Con ingentes dificultades llegan a Corrientes, donde la negociación comercial, por falta de dinero, fue un fracaso.  Al pasar por la ciudad de Paraná, rindieron honores a las autoridades entrerrianas el 25 de mayo, y cargaron y descargaron mercaderías por cuenta de Urquiza, que actuaba como si perteneciera a un estado neutral, y de paso se enriquecía comerciando con los enemigos.  A su vuelta son atacados, al norte de San Lorenzo, en el Quebracho, el 4 de junio de 1846.  Siete barcos son incendiados y otros debieron arrojar sus cargas de mercaderías al agua.  Los agresores tuvieron sesenta muertos.  “Los criollos enloquecieron a los gringos, que no sabían donde meterse”.

Así terminan las operaciones en el Paraná con el triunfo del pueblo argentino; mientras los intrusos interventores incendian, en represalia, barcos neutrales en el puerto de la Ensenada y en Atalaya de la costa bonaerense, el 21 y el 29 de abril.

Para perpetua memoria del valor argentino fueron colocadas cuatro placas en la ribera derecha del río Paraná, a la altura de la Vuelta de Obligado de la estancia de don Plácido Obligado; después de casi noventa años de esta gloriosa acción.

En el monolito de la batería de la barranca, las tres inscripciones dicen: 

“El Centro Naval, a los valientes que derramaron su sangre para cerrar el Paraná a las naves invasoras – 1934”.

“Homenaje del Círculo Militar a los camaradas del ejército, muertos en defensa del honor nacional en la Batalla de Obligado – 1845 – 20 de noviembre – 1934.

Monumento a la Vuelta de Obligado


En el mojón, donde estaban amarradas las cadenas, -cuyas reliquias allí se conservan- se halla la siguiente inscripción: “Batalla – La Vuelta de Obligado.  Por decreto del Poder Ejecutivo de la Nación Argentina, el Ministerio de Obras Públicas, a solicitud del Instituto de Investigaciones Históricas, Juan Manuel de Rosas, ha ejecutado esta obra de protección y embellecimiento para conservar esta reliquia histórica, en que se amarraron las cadenas que atravesaban el río; y en homenaje a los heroicos defensores, que en un gesto radiante de sacrificio, ofrendaron sus vidas en defensa de la Soberanía Nacional.  1845 – 20 de noviembre – 1940”.

El ministro inglés, Robert Peel, después del desastre del operativo aliado en el Paraná, y de la piratería ejercida en las poblaciones sobre el río Uruguay, se vio obligado a declarar que los plenipotenciarios se habían excedido en sus atribuciones y los hace responsables de los actos de barbarie que han ocurrido.  El ministro francés, Francois Guizot, afirma, a su vez, que Francia se metió, porque no le convenía que hubiera una intervención a la que ella quedase extraña, tanto más que el gobierno de Rivera ha sido: “establecido para nosotros y, en cierto modo, por nosotros”.

Louis Adolphe Thiers, a su vez, confiesa en “Le Constitutionel” del 16 de mayo de 1846: “Los argentinos (unitarios emigrados) y los orientales (riveristas) eran nuestros aliados.  Por lo tanto Francia debía resguardar sus derechos, porque habían recibido nuestros subsidios y habían obrado de concierto con nuestra escuadra”.

El gobierno inglés resuelve concluir la intervención y convence al francés hacer lo mismo, y designan de común acuerdo al agente Thomas Samuel Hood.  Por otra parte, el gobierno de Estados Unidos había desaprobado enérgicamente la conducta de Francia y de Inglaterra.

Manuel Moreno, en nombre del gobierno argentino, presentó en Londres una formal y enérgica protesta, el 3 de diciembre de 1845, exigiendo una condigna reparación por los agravios inferidos al honor y soberanía de la Confederación Argentina; mientras se desataba en Gran Bretaña una casi unánime campaña periodística condenando la intervención anglo francesa en el Río de la Plata.  Acorralado por todos, lord Aberdeen ordenó a Ouseley, el 4 de marzo de 1846, “el retiro inmediato e incondicional de la escuadra” y llamar severamente la atención al capitán Charles Honthan por haber mandado buques de guerra al Paraná en un “acto de agresión”.

Manuel Moreno



La energía de Rosas en defender la Soberanía Nacional obtuvo al fin la victoria; e Inglaterra optó por sacrificar sus pretensiones, buscando por otros medios pacíficos la expansión de su comercio.  Hood llegó a Buenos Aires el 3 de julio de 1846.  Rosas se avino a un acuerdo conciliatorio en sus conversaciones con Hood del 20 al 28 de julio, exigiendo el levantamiento del bloqueo anglofrancés.  Pocos días después de su arribo, Hood propone: Suspensión de hostilidades en el Uruguay; desarme de las legiones extranjeras y retiro de las tropas argentinas; levantamiento del bloqueo, evacuación de la isla Martín García, devolución de los buques argentinos, saludo de veintiún cañonazos a nuestro pabellón, reconocimiento de que es interior la navegación del Paraná y que es argentino-oriental la del Uruguay, proceder a la elección del presidente uruguayo, decretar la amnistía general y que los interventores retirarían todo apoyo a Montevideo si rehusaba a aceptar la paz.

“Con aquella su política de resistencia, diestra, grande y viril”, Rosas se impuso; al decir de Estanislao Zeballos en el congreso nacional en la sesión del 6 de diciembre de 1915.

Después de este gran triunfo de Rosas, se requirió la aceptación del gobierno de Montevideo; pero éste rechazó el convenio, y los mediadores Ouseley y el Barón Deffaudis rompieron relaciones con Hood, y, el 13 de setiembre, lo despidieron para Londres.  O sea, los ministros plenipotenciarios de Inglaterra y Francia expulsan al enviado especial de sus respectivos gobiernos.

Las negociaciones se hallaban, en un principio, bien encaminadas; pero Rivera, y sobre todo el francés Deffaudis, obstaculizaron el convenio definitivo sobre las bases del propuesto por Hood.  Entonces Hood comunica a Rosas el 31 de agosto de 1846: “En este estado de los negocios parece inevitable: o que Usted abandone generosamente el derecho que ha adquirido, y que había sido admitido como prueba de justicia en estricto acuerdo con los deseos de lord Aberdeen, o que las proposiciones deban inevitablemente remitirse a Inglaterra y a Francia para una conformidad de instrucciones”.

El 6 de setiembre contestó Rosas a Hood a raíz de la negativa de Deffaudis que aducía carecer de instrucciones: “Sin instrucciones fue violentamente apresada la escuadra argentina, sin instrucciones se estableció el injusto bloqueo, sin instrucciones fue atacada y bombardeada la plaza de la Colonia, sin instrucciones han sido agredidos nuestros ríos, sin instrucciones buques ingleses y franceses han conducido una legión extranjera para invadir y saquear el pueblo de Salto, sin instrucciones ha sido saqueado el pueblo de Gualeguaychú, sin instrucciones se ha pretendido dividir la nacionalidad argentina y seducir a los jefes de los pueblos confederados, sin instrucciones se ha dado movilidad y auxilio al cabecilla Rivera… y ahora dice el señor Deffaudis que le faltan instrucciones para aceptar la paz”.

Fructuoso Rivera


En la lucha de Rosas contra los correntinos sublevados y apoyados por los paraguayos, Urquiza –que operaba en la Banda Oriental apoyando a Oribe- recibe órdenes de Rosas de cruzar el Uruguay y unirse a los coroneles Eugenio Garzón e Hilario Lagos en Entre Ríos.  Cruza el río en el Hervidero, frente a Concordia, el 15 de enero de 1846, se dirige a Corrientes, triunfa sobre la retaguardia del ejército aliado en Laguna Limpia, el 4 de febrero de 1846, y toma preso al general Juan Madariaga, hermano del gobernador.  El gobernador, Joaquín Madariaga, hace entonces las paces con Urquiza para recuperar a su hermano.  Enterado el general Paz, jefe del ejército aliado correntino-paraguayo que contaba con la ayuda anglofrancesa, pretende encabezar una revolución en Corrientes para deponer al gobernador, pero es destituido de su cargo de director de la guerra el 4 de abril de 1846 y debió huir al Paraguay, de donde pasará al Brasil.

Paz, entendido con el francés Deffaudis, quería acabar con Rosas; en cambio Urquiza, unido con Madariaga, que lo instigaba a la secesión de Entre Ríos y Corrientes, y entendido también con el inglés Ouseley, que le ofreció doscientos mil patacones, quería crear la “República de la Mesopotamia”, independiente de la Confederación Argentina, y que, según la propuesta del Brasil, debía tener como límite el río Paraná.

Juan Madariaga recobra su libertad y Urquiza firma con el gobernador, Joaquín Madariaga, el tratado de Alcaraz, en Entre Ríos, el 15 de agosto de 1846.  Por él se puso término a la alianza con el Paraguay y se disolvió el ejército aliado correntino-paraguayo.  Rosas, con todo, desaprobó este tratado por haberse hecho sin su autorización, en violación del Pacto Federal del Litoral del 4 de enero de 1831, que regía las relaciones interprovinciales.  Al respecto le escribía al general Angel Pacheco: “Este general Urquiza reconoce el nulo e intruso régimen de Corrientes, y don Joaquín Madariaga no reconoce ni el legal ni el nacional de la Confederación”.

Por tales razones le exige a Urquiza que sustituya tal tratado por el que le remite, que implicaba el sometimiento de Corrientes.  Urquiza le propone, entonces, a Madariaga que firme sin temor no más el nuevo convenio, “pero afile su cuchillo –le advierte- para hacerle sentir a Rosas los efectos de la alianza de las dos provincias”.

Juan Madariaga


Además el tratado de Alcaraz tenía cláusulas secretas que prácticamente anulaban lo estipulado públicamente.

Los mediadores anglofranceses, los gobernantes de Montevideo y la Comisión Argentina de emigrados en el Uruguay hacía tiempo que, por emisarios secretos y cartas confidenciales, trataban de convencer a Urquiza para encabezar la sublevación contra Rosas.  Ellos apoyarían al nuevo estado independiente del Litoral, reconociéndolo a él como jefe político de Corrientes, Entre Ríos y Santa Fe.  Echagüe y Mansilla, por su parte, incitaban a Rosas a romper definitivamente con el traidor Urquiza; pero Rosas aguardaba a que Urquiza rompiera con los interventores.

Madariaga firmó el nuevo tratado enviado por Rosas, corrigiendo el de Alcaraz, y Corrientes reingresa en la Confederación; pero Urquiza ha transgredido la jerarquía; pues un simple gobernador, no puede hacer tratados por su cuenta, ni intervenir entre el gobierno nacional y una provincia rebelde; y Rosas ordena, entonces, que ataque a Madariaga.

La misión de Hood en Buenos Aires hizo fracasar el plan de segregación de la Mesopotamia.  Los coroneles correntinos Nicanor Cáceres y Benjamín y Miguel Virasoro se pasan a los federales.

Se reanuda la guerra.  Urquiza se trenza con el ejército correntino y obtiene la victoria del potrero de Vences, el 27 de noviembre de 1847, deshaciendo por completo las fuerzas de Madariaga.  El degüello de jefes, oficiales y soldados prisioneros, que siguió a la batalla, fue horrible.  Murieron cerca de dos mil.  De esta manera se impuso definitivamente Urquiza como el dominador indiscutido del Litoral.  El congreso provincial de Corrientes depone a Madariaga, nombra gobernador al federal Benjamín Virasoro y, el 29 de diciembre de 1847, el gobernador dio una proclama “reincorporando Corrientes a la Confederación Argentina”.

También Urquiza pretende hacer las paces con Oribe y el gobierno de Montevideo, proponiendo la mediación el 18 de noviembre de 1846.  Esto disgusta a Rosas más que el tratado de Alcaraz.  Lo considera como una nueva violación del Pacto Federal de 1831, como un reconocimiento del gobierno ilegal de la Banda Oriental; como una reducción del conflicto a una cuestión puramente uruguaya, desconociendo los derechos  de beligerante que tiene el gobierno argentino; y sobre todo como un crimen, al atreverse a ejercer facultades que a él sólo le corresponden, como encargado de las relaciones exteriores de la Confederación.  Además lo tiene como un derrotista, pues Urquiza ha dicho que “los extranjeros nos van a aniquilar”; y cree Rosas que esta actitud de Urquiza, ha influido para el rechazo de las negociaciones de Hood por parte de Ouseley y Deffaudis.

Justo José de Urquiza


“Un general argentino y gobernador de una provincia dirime una guerra contra su patria, con prescindencia de la autoridad encargada de hacerlo; reconoce la legalidad del gobierno de Montevideo –que era precisamente la causa de la guerra- y ordena por su cuenta la suspensión de hostilidades”.

A fines de 1846 y principios de 1847 continúa la guerra devastadora en la Banda Oriental del Uruguay, financiada escandalosamente por los mediadores pacíficos.  Oribe derrota varias veces a Rivera y a su aliado Garibaldi, ahora general uruguayo.  Oribe, con los blancos orientales y sus auxiliares argentinos, triunfa el 8 de enero de 1847 en Salto, el 27 en Mercedes, el 3 de febrero en Carmelo y el 24 de marzo en Maldonado.  Mientras tanto Rivera ha saqueado Paysandú con la ayuda de la escuadra francesa; luego quiere hacer las paces con Oribe; y, al fin, el mismo gobierno, disgustado de él, lo toma preso y lo deporta al Brasil, el 3 de marzo de 1847.

Rivera, apoyado por los buques de guerra franceses, tomó la ciudad de Paysandú el 25 de diciembre de 1846, masacrando a sus defensores.  Sus desgraciados habitantes desaparecieron bajo las ruinas de sus hogares, después de haber presenciado, en el incendio, saqueo y pillaje, los actos más brutales y sacrílegos.

Cansados de sangre y miseria, todos los orientales quieren la paz, pero no puede hacerse porque no conviene a los extranjeros, que dominan la ciudad: los mediadores pacíficos, los almirantes, los legionarios franceses, Garibaldi y su turba de saqueadores, Florencio Varela y los emigrados argentinos, y los cuatrocientos orientales que les sirven.  Pero el resto, o sea, el país entero, está con Oribe.

Oribe, en las faldas del Cerrito, ha fundado la Villa Restauración, hoy La Unión, populoso barrio de la actual Montevideo.  Allí van llegando las adhesiones de todos los departamentos del Uruguay, refrendadas por millares de firmas, que expresan el clamor del pueblo que no quiere más guerra.

Andrés Bello, el gran venezolano, educador y literato, internacionalista y codificador, una de las cumbres de la cultura hispanoamericana, manifiesta, en 1847, al embajador argentino en Santiago de Chile: “La conducta de Rosas, en la gran cuestión americana, le coloca en uno de los lugares más distinguidos entre los grandes hombres de América”.

Juan Bautista Alberdi, al publicar ese año el libro “La República Argentina treinta y siete años después de la Revolución de Mayo”, dice al hablar de Rosas: “Bolívar no ocupa tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires…  Los Estados Unidos no tienen hoy un hombre público más espectable que el general Rosas…  El nombre de Washington es adorado en el mundo, pero no más conocido (que el de Rosas, de quien) se habla popularmente de un cabo al otro de América…  No hay lugar en el mundo en donde se ignore su nombre… ¿Qué orador, qué escritor célebre del siglo no le ha nombrado, no ha hablado de él muchas veces?  ¿Cuál es la celebridad parlamentaria de esta época que no se haya ocupado de él?…”  Y termina diciendo: “El primer partido de América, que ha repelido a los Estados de Europa, es el de Rosas”.

Juan Manuel de Rosas