jueves, 13 de diciembre de 2012

14 de diciembre de 1857: El nefasto Protocolo de Paraná





 

 José María da Silva Paranhos



A los catorce días del mes de diciembre de mil ochocientos cincuenta y siete, en esta ciudad del Paraná, reunidos con la Secretaría de Estado de Relaciones Exteriores los Plenipotenciarios de la Confederación Argentina, doctores Don Santiago Derqui y don Bernabé López, y el Plenipotenciario de S.M. el Emperador de Brasil, Consejero José María da Silva Paranhos, acordaron consignar por escrito el resultado de sus conferencias, sobre los medios que sus respectivos Gobiernos deben emplear para obtener de la República del Paraguay una solución satisfactoria de las cuestiones pendientes, que dicen respecto a la navegación fluvial común así como las declaraciones que en nombre de uno y otro Gobierno hicieron los mismos Plenipotenciarios, presuponiendo el caso de que se haga inevitable la guerra para conseguir aquel fin que tanto interesa a los dos países y a la civilización y comercio en general.

Fue acordado al mismo tiempo, que este documento se deberá conservar en la más completa reserva y es destinado solamente para dar a conocer a los dos Gobiernos cuáles son las circunstancias y disposiciones que se halla uno y otro para con la República del Paraguay de cuenta que, en cualquier caso puedan mutuamente juntarse todos los buenos oficios propios de las benévolas y estrechas relaciones que tan felizmente existen entre ellos y los pueblos cuyos destinos presiden.

Siendo una obligación contraída por el Imperio del Brasil y la Confederación Argentina, en los Convenios de Alianza de 1851, confirmada y de nuevo estipulada en el Tratado de 7 de marzo de 1856, y en la Convención fluvial de 20 del mes de noviembre del presente año, la invitación y empleo de todos los medios al alcance de cada uno de los dos Gobiernos para que los otros Estados ribereños y especialmente la República del Paraguay, adhieran a los mismos principios de libre navegación así como a los medios de hacerlos efectivamente útiles, acordaron dichos Plenipotenciarios:

1º) En que el Gobierno de la Confederación Argentina fundándose en las sobredichas estipulaciones y en las condiciones especiales que existen entre él y el de la República del Paraguay, por el tránsito libre de que goza la bandera Paraguaya en las aguas del Paraná, pertenecientes a la misma Confederación y por el Tratado de 29 de julio de 1856, reclamara de dicha República que por su parte abra el Río Paraguay a todas las banderas y adopte en relación al tránsito común las franquicias y medios de Policía y fiscalización que son generalmente empleados y se hallan estipulados en la Convención fluvial de 20 de noviembre entre la Confederación y el Imperio del Brasil.

2º) En que el Gobierno de la Confederación así como el del Brasil mantendrán dicha reclamación con el mayor empeño posible, quedando sin embargo libre a cada uno de ellos el cuidar que sus reclamaciones lleguen al punto de salir de las vías diplomáticas y comprometer el estado de paz en que se hallan con aquel Estado vecino, visto que el Gobierno de la Confederación y el Imperial no están aún de acuerdo sobre la hipótesis del recurso a la guerra.

3º) En que, para hacer posible como tanto desean ambos Gobiernos una solución pacífica de las cuestiones pendientes con la República del Paraguay, respecto de la navegación fluvial, podrá uno y otro dejar de insistir sobre la concesión general y limitar en último caso sus reclamaciones, á que el Gobierno Paraguayo, garanta efectivamente toda su libertad de tránsito á sus respectivas banderas, según los medios indicados en la Convención fluvial de 20 del mes de noviembre del presente año, invocando cada Gobierno su derecho perfecto á ese libre tránsito, en vista de los tratados vigentes entre ellos y el de aquella República.



4º) En que, la reclamación del Gobierno de la Confederación, será hecha de un modo que coincida con la misión especial que el Gobierno de S.M. el Emperador del Brasil envía ahora a la República del Paraguay con la reclamación que en el mismo sentido y al mismo tiempo dirija el Gobierno del Estado Oriental del Uruguay.



Así metía la cola el diablo inglés…



Como esos cubos que se encajan uno dentro del otro, Brasil quedaba incluido dentro del cubo mayor de la política británica.  Mitre, a su vez, sería el cubo menor de la diplomacia brasileña, como lo denunciaría el mismo capitán Richard Burton.


Mitre y su clase no entraron en guerra, ni engañados ni ingenuamente.  Este general de libras y rendiciones, sabía que si la guerra se declaraba “…. Sería un hecho inaudito en la América del Sur, el más inmoral que recuerde la historia moderna.  Nada tiene que reclamar la Confederación en cuanto a la libre navegación del río Paraguay.  Por lo que respecta a la cuestión de fronteras, no está en el interés de las Repúblicas del Plata auxiliar al Brasil en su política invasora del territorio ajeno, traicionando la causa de la República del Paraguay, nuestro antemural contra las pretensiones exageradas del Brasil; y sería también traicionar nuestra propia causa, cuando más adelante puedan surgir cuestiones análogas entre el Brasil y la República Argentina”.


 Bartolomé Mitre


Esto lo sostenía Mitre en contra de Urquiza, cuando sospechaba que se estaba por firmar el Protocolo de Paraná del 14 de diciembre de 1857, que concertaba la alianza entre el Brasil y la Confederación, para atacar al Paraguay.  Los discursos y las palabras del general, se aclaran políticamente en su contexto histórico.  Extraer de esta cita de Mitre, un sentido definitivo acerca de una posición suya favorable al Paraguay, resultaría hermenéuticamente incorrecto e históricamente falso.  Aún los mismos representantes de Urquiza, en el artículo 4º del Protocolo de Paraná, habían manifestado: “La guerra teniendo sólo por fin la libre navegación del Paraguay en la que el interés de la Confederación es secundario y remoto por su actual falta de comercio en aquellas direcciones, no sería popular en su país, no justificaría al Gobierno Argentino ante la opinión pública nacional de abandonar la política contemporánea que se ha prescripto hasta hoy, a pesar de los graves perjuicios que resultan del deplorable sistema en que insiste el Gobierno Paraguayo.

“…Que una alianza de los dos Estados para trazar sus fronteras con el Paraguay, Estado más débil que cualesquiera de ellos, sería odiosa y podría comprometer seriamente los resultados que ambos se prometan obtener”.

Al firmarse el Protocolo de Paraná, de 14 de diciembre de 1857, Paranhos pronunció el “significativo brindis” siguiente: “Deseo ver realizada la más estrecha unión entre el Imperio y la Confederación, y que la gloria de Caseros no sea la única gloria adquirida en común por el Brasil y la Nación Argentina”.


En una “confidencial” de José Manuel Estrada a Wenceslao Paunero, del 24 de diciembre de 1868, se aclara: “…El Gobierno de Urquiza que por 1857 cortejaba al Brasil para traerlo a una alianza contra Buenos Aires y obtener empréstitos, sin los cuales no podía hacer lo que él llamaba la guerra de reconstrucción, ajustó en ese año un tratado con el señor Paranahos en que se comprometía a entregar los esclavos que fugasen del Brasil”.  Este tratado era, efectivamente, otro de los firmados en Paraná en aquella ocasión.  Los “objetivos” de Urquiza eran exactamente los descriptos.  Por eso, dice acertadamente, Pelham Horton Box “… en los acuerdos entre el Brasil, la Confederación Argentina y el Uruguay, de 1856 y 1857, vemos ya el bosquejo de la Triple Alianza de 1865”.


 Justo José de Urquiza





Mitre participaría de la guerra, a pesar de la posición sostenida públicamente en 1857, porque con ella consolidaba su alianza política con el Imperio del Brasil y aseguraba su triunfo sobre los federales.  Con la alianza, por otra parte, se continuaba el ciclo iniciado con Urquiza, de dependencia financiero-política, con respecto al Brasil, es decir de Inglaterra.


El precio de la tranquilidad “represiva” del interior provinciano, había sido regulado, previamente por Baring Brothers, Rothschild y el Foreign Office.  En la Argentina, la clase ganadera, “exportadora-importadora”, urgía a Bartolomé Mitre.  El periódico de Melchor Rom –director de la Bolsa de Comercio y uno de los representantes eminentes de esa clase- soñaba con la apropiación del tabaco y la yerba guaraníes.  Su imaginación de especulador económico, haría que las tierras paraguayas fueran recorridas, en sus sueños, por ganado bonaerense.


Seducidos por la retórica mitrista, sublimación coincidente de sus intereses de clase, los jóvenes “autonomistas” y “nacionalistas”, de raíz aristocrática, se enrolarían voluntariamente, comandados por sus profesores de filosofía, para acabar con la “barbarie” paraguaya.  “Al triunfo del Paraguay –decía “La Nación Argentina” de diciembre de 1864- seguirá para nosotros el reinado de la barbarie (…)  Como argentinos pues, y como enemigos de la barbarie y de la dictadura, deseamos que, si el gobierno paraguayo lleva adelante la guerra sea derrotado por el Brasil (…) nadie puede dudar de la situación que nos espera si triunfa el Paraguay”.


Después de Curupaytí, los “nacionalistas” de Mitre, serían sustituidos por mercenarios pagos o por los desocupados.  Los mercenarios eran europeos, contratados por Hilario Ascasubi en Francia.  Los enganches se hacían en Marsella y Burdeos.  Centenares de hombres, eran embarcados mensualmente en buques de la “Societé General des Transport Maritime”.  Los contratos eran acompañados por un certificado médico de salud de los mercenarios, y la declaración de dos testigos, que acreditaba que aquéllos sabían manejar armas.  Todas las formalidades eran cumplidas en el Consulado Argentino, de Marsella o Burdeos.  Los desocupados argentinos, a su vez, eran hombres que, destruidas por el libre cambio las tareas del artesanado e industria florecidas con Juan Manuel de Rosas, se veían angustiados y sin trabajo, obligados a buscar ocupación “militar”.


Todos ellos irían a realizar en tierra guaraní el sangriento plan británico.


El Uruguay, convertido en apéndice político de la diplomacia brasileño-mitrista, luego de su derrota nacional, participaría a través de Venancio Flores en la guerra.  Los 5.000 hombres que enviará a la muerte, justificarán el aumento geométrico de su deuda pública, debido a los “esfuerzos” comedidos del Barón de Mauá y los banqueros londinenses.  La convención de 12 de octubre de 1851, había determinado que la República Oriental del Uruguay se obligaba a aplicar al pago de la deuda brasileña todos sus recursos.  Pero, de esta obligación se había excluido, a petición del propio Brasil, los empréstitos que el Uruguay había obtenido en Londres.  Esta exigencia se repetiría en el protocolo de 1867, y demuestra concluyentemente la dependencia total de la Banca brasileña con respecto a la inglesa.  Los créditos del Imperio del Brasil, eran en realidad, créditos británicos, que no podían ser saldados con dinero inglés.  León de Palleja, expresaría –a pesar de su cargo de oficial aliado-, el auténtico pensamiento uruguayo: “No fui partidario de ésta (guerra); todos saben mis ideas a este respecto, más, considero una guerra estúpida, la que hagan entre sí orientales y paraguayos.  Naciones de un origen y de causas idénticas; aunque por distintos medios, están destinadas a mantener una política común y a ser hermanas y no enemigas…”


La guerra parecía un hecho irracional, pero es que el mundo vivía la transformación de la exportación de mercaderías, en exportación de capitales, y América del Sud era la víctima propicia de esa transformación, profundamente “racional” para los intereses británicos.


Algodón, libre navegación, empréstitos, límites, ganancias comerciales, destrucción industrial, poder político, ambición y temor, signaron la guerra de la Doble Alianza, entre el Capital Financiero y las oligarquías locales.  Drama de personajes americanos, con un protagonista y autor oculto: Inglaterra, puesta en evidencia, a través de los pocos rastros dejados en su letal paso.

Frente a este plexo de intereses y relaciones, el pueblo paraguayo, con su estadista al frente.  El pueblo armado, defendiendo su libertad económica, su tarifa proteccionista, su cierre de los ríos, su producción agraria, su industria, su ferrocarril, su telégrafo.


Pero por sobre todo, el Paraguay soberano, defendiendo el equilibrio del Río de la Plata, es decir la “Unión Americana”, frente al ataque preparado por la potencia extranjera.


Anticipando lo que ocurriría, Rosas le había escrito a Carlos Antonio López una decena de años atrás: “que hacía votos por su felicidad y para que Dios lo conserve sin admitir extranjeros, que son malas langostas”.


Felipe Varela, realizador del “Sistema Americano” diría de la Guerra, en un efímero momento de tregua: “… La guerra con el Paraguay era un acontecimiento ya calculado, premeditado por el Gral. Mitre (…)  Las provincias argentinas, empero, no han participado jamás de estos sentimientos, por el contrario, esos pueblos han contemplado gimiendo, la deserción del Presidente, impuesto por las bayonetas, sobre la sangre argentina, de los principios de la Unión Americana, en los que han mirado siempre la salvaguardia de sus derechos y de su libertad, arrebatada en nombre de la justicia y de la ley”.


Y ese pensamiento sería el eco fraternal de la alta expresión patriótica paraguaya, sintetizada en la doctrina del equilibrio del Río de la Plata, que Francisco Solano López proclamara, con justo orgullo ante todo su pueblo.

                                               Francisco Solano López

miércoles, 12 de diciembre de 2012

13 de diciembre de 1939: El hundimiento del Graf Spee




13 de diciembre de 1828: El fusilamiento de Dorrego









(Fuente: José T. Guido, Biografía de Manuel Dorrego)
(El fusilamiento de Dorrego, obra de Rodolfo Campodónico)



Dorrego (…) pidió a La Madrid, compadre suyo, le acompañase al lugar de la ejecución. Éste contestó: “No tendré valor para presenciar la muerte de un amigo”. Quiso a lo menos cambiar de chaqueta con él. Hecho esto, y después de entregarle otras prendas de su uso, como memoria a sus dos hijas que iban a ser huérfanas, dijo: “Ya estoy pronto”. Se le instó subiese a un carruaje, porque había que andar alguna distancia, a lo cual replicó: “No: mis piernas están tan firmes como mi corazón”.

Pónese en marcha: ninguna insignia decoraba su traje. Una corbata negra ocultaba las gloriosas y antiguas cicatrices de su cuello.

Al llegar al cuadro formado en medio de todo el ejército, saluda cortésmente al oficial de la escolta que le acompañaba. Se postra para recibir del ministro de Dios su última absolución. En seguida, levantándose, pide un abrazo al oficial encargado de mandar el fuego, y le recomienda transmitir en su nombre esta señal de cariño a todos sus compañeros.

Se vendan sus ojos animados por la llama de un sentimiento sublime; y en el instante mismo en que se escondía el sol de aquella tarde, resonó la horrible detonación de las armas que arrancaron en su verdor la vida de Manuel Dorrego. El cadáver del Jefe supremo de la República permaneció arrojado por algunas horas, hasta que se le dio humilde sepultura, sin féretro, cerca de la capilla del pueblito.

La noticia cayó en Buenos Aires como un rayo. No se veía en todos los semblantes sino la consternación o el temor.

Unas modestas exequias anunciadas a los pocos días en San Francisco atrajeron un concurso extraordinario en que todos pagaron el tributo de la más viva sensibilidad.

Un año después, el pueblo entero asistía durante tres días a los funerales decretados por el gobierno del general Viamonte. (sic) Exhumados los restos fueron conducidos decorosamente a San José de Flores. Ese vecindario asistió a los sufragios religiosos, y al panegírico que produjo honda sensación. Siguió el convoy a Buenos Aires, depositando los despojos mortales en la iglesia de la Piedad, de donde fue a recibirlos el Gobierno para transportarlos a un salón del Fuerte convertido en capilla ardiente. En ella se dijeron misas desde las cuatro de la mañana hasta las diez. Las preces del clero y de los ciudadanos dieron a ese lugar el aspecto de una romería a la tumba de un mártir o de un apóstol en los orígenes del Cristianismo.

La Catedral recibió ese depósito en un catafalco donde fue colocado por cuatro generales. La pompa de la iglesia católica acompañó los ritos consagrados por ella a los difuntos. Nunca se elevaron bajo esas bóvedas augustas tantos suspiros envueltos en incienso. Se pronunció por el canónigo Figueredo una oración fúnebre que él empezó con las palabras del libro de los Macabeos sobre Jonatan. En el mismo tiempo se celebraba una misa de “réquiem” en todos los curatos de la provincia, y se había decretado un luto de tres días.

El gobernador Rosas, con todas las corporaciones del estado y con el hermano del finado, asistía a la ceremonia.

Nunca desde el tiempo en que las reliquias de germánico fueron llevadas a Roma por su viuda se había visto a un pueblo lamentar más sinceramente la pérdida de uno de sus hijos.

Después, un carro de forma antigua y arrastrado por los ciudadanos, atravesó lentamente la ciudad. Los inválidos, los ancianos, los mendigos, los niños de las escuelas, seguían las filas compactas de un cortejo brillante que parecía interminable. Todo el ejército hacía los honores prescriptos para los Jefes Supremos de las Naciones. Durante el trayecto, guirnaldas de flores eran arrojadas  sobre el carro por las manos de la belleza.  Las salvas de artillería de los fuertes y de las estaciones navales retumbaban cada cuarto de hora durante todo el día, y se mezclaban a las graves armonías de una música triunfal.

Disipábanse ya las últimas vislumbres de la tarde, cuando esa marcha terminó en el cementerio. Allí Rosas leyó al reflejo de una antorcha este discurso: “¡Dorrego! ¡Víctima ilustre de las disensiones civiles!  Descansa en paz… La Patria, el honor y la religión han sido satisfechos hoy, tributando los últimos honores al primer magistrado de la República, sentenciado a morir en el silencio de las leyes. La mancha más negra en la historia de los argentinos ha sido ya lavada con las lágrimas de un pueblo justo, agradecido y sensible. Vuestra tumba, rodeada en este momento de los representantes de la Provincia, de la magistratura, de los venerables sacerdotes, de los guerreros de la independencia, y de vuestros compatriotas dolientes, forma el monumento glorioso que el gobierno de Buenos Aires os ha consagrado ante el mundo civilizado… monumento que advertirá hasta las últimas generaciones, que el pueblo porteño no ha sido cómplice en vuestro infortunio… Allá, ante el Eterno, árbitro del mundo, donde la Justicia domina, vuestras acciones han sido ya juzgadas: lo serán también las de vuestros jueces, y la inocencia y el crimen no serán confundidos… Descansa en paz entre los justos… Adiós, Dorrego, adiós para siempre”.

Las palabras que acaban de leerse eran dignas de la ocasión. Dominaba en ellas la razón de Estado; pero la historia, y aun la biografía, tienen la misión de dar a las acciones humanas su nivel, y austero culto a la verdad.

El examen atento del carácter y de los hechos de Dorrego no le presentan como un modelo del militar y del ciudadano en su significación más elevada. Faltó frecuentemente a uno de los primeros deberes del soldado, que es la subordinación. Como republicano, no tuvo la pureza que admiramos en otros ciudadanos. Halagó pasiones de la muchedumbre, y no fue escaso de promesas a sus amigos ni de sarcasmos a los que no lo fueron. Abusó de los resortes electorales, aprovechando los elementos que estaban más a mano. Alentó la vanidad  de caudillos, que él miraba como instrumentos de su elevación. Su correspondencia con ellos deja traslucir el deseo inmoderado de suplantar a sus rivales. El elogio a esos corresponsales no podía ser sincero, y cuando en una de sus cartas ofrecía al gobernador vitalicio de Santiago, don Felipe Ibarra, enviarle una espada de oro, reiría interiormente del dudoso mérito del correligionario. Tales defectos magnificados por sus enemigos, prepararon quizás la catástrofe. Pero ésta es solamente una faz de su figura histórica. Sus talentos fueron sobresalientes. Tenía las mejores dotes del tribuno popular y del orador parlamentario. Nadie le aventajó en la claridad y en la rapidez de concepción entre sus colegas del Congreso General Constituyente. Su corazón simpatizaba con todo lo grande y con todo lo bueno. Sintió con vehemencia el amor, la amistad, la admiración. Ardiente en los combates tuvo horror a la sangre y clemencia con el vencido, llegando a cubrir con sus propios vestidos al enemigo caído. Pagó el mal haciendo todo el bien posible, y salvando a sus perseguidores. En fin, durante su gobierno, desplegó para con sus opositores de la víspera una moderación que hubiera debido desarmarlos.

Sorprendido por la muerte sentía en su pecho el fuego juvenil, la vio llegar con la serenidad de un soldado argentino, y con la mansedumbre de los héroes cristianos.

Parecía que entre un ser tan noble y el cadalso había la distancia inconmensurable del zenit al ocaso.

Hubo sin embargo quien osó arrebatar a la naturaleza sus derechos y a la justicia su balanza. Las leyes divinas y humanas fueron conculcadas por el general don Juan Lavalle en ese cruento sacrificio. ¿Qué víctima era ésta, coronada con los laureles de la independencia americana, y rodeada de primicias de la paz que acababa de ofrecer a su patria? Dorrego, glorioso e inocente, era inviolable. Jamás soldado alguno arrojó sobre su conciencia mayor responsabilidad que Lavalle. Su ignorancia del derecho público, o su odio inconcebible, no disminuyen la magnitud del atentado consumado por su rebelión.

Así, ni los antecedentes esclarecidos de este general, ni su empresa para derrocar la dictadura, bastarían a redimirle, si su arrepentimiento tardío y su fin lamentable no hubiesen convertido en tristeza el rubor de sus conciudadanos.

Hay algo en el fondo de este episodio lúgubre que puede modificar el criterio de la posteridad.  

Existen razones poderosas para admitir que su fatal determinación le había sido sugerida en conciliábulos secretos por otros hombres cuyos principios le merecían absoluta confianza y por muchos de sus compañeros de armas.

Los nombres de aquellos conjurados fueron el tema de publicaciones en ambos mundos, pero no podemos, después de medio siglo, hacernos el eco de esas confidencias, cuando falta la evidencia perfecta, y cuando el error en éste casi sería la calumnia.

Hoy bajo un mismo cielo, testigo de esta inmolación, reposan eternamente casi justos, el ajusticiado de Navarro y el sacrificador. Sus urnas cinerarias, protegidas por la piedad, genio divino inclinado sobre los sepulcros, ofrecen lecciones más imperecederas que el cedro de que están fabricadas.

13 de diciembre de 1976: Masacre de Margarita Belén








(Fuente: CELS) 



En esta causa se investigaron los hechos que tuvieron lugar el 13 de diciembre de 1976 cuando 22 presos políticos que se encontraban detenidos en la alcaidía policial de Resistencia fueron fusilados por personal que respondía a la VII Brigada del Ejército, a cargo del general Cristino Nicolaides, en las cercanías de la localidad de Margarita Belén. Antes de la ejecución, habían sido torturados de manera brutal. La versión oficial sostuvo que las víctimas habían muerto a causa de un enfrentamiento con “delincuentes subversivos”, mientras eran trasladadas a la unidad penitenciaria Nº 10 de Formosa. Sin embargo, las contradicciones en que incurrieron las autoridades de la provincia y las investigaciones oficiales posteriores permitieron establecer que se había tratado de una masacre.



El juicio comenzó el 3 de junio de 2010 y los imputados fueron los militares Gustavo Athos, Horacio Losito, Aldo Martínez Segón, Jorge Carnero Sabol, Ricardo Reyes, Germán Riquelme, Ernesto Simoni y Luis Patetta; y el policía Alfredo Chas.



Luego de 34 años de impunidad, el 16 de mayo de 2011, el Tribunal Oral Federal de Resistencia condenó a  prisión perpetua a Athos, Losito, Segón, Carnero Sabol, Reyes, Riquelme, Simoni y Patetta, mientras que absolvió por falta de pruebas a Chas.

13 de diciembre de 1798. Nace el Coronel Juan José Hernández









Nació en Bs. As. el 13 de diciembre de 1798.  Fue su padre José Gregorio Hernández Plata, nacido en Jerez de los Caballeros, Extremadura, España, y María Antonia de los Santos Rubio y Moreno, del cual nacieron doce hijos, entre ellos los después coroneles Juan José Luciano y Eugenio María, y también Pedro Pascual Rafael Hernández, padre del celebrado poeta José Hernández, autor del “Martín Fierro”.
Don José Gregorio fue comerciante, siendo propietario de una barraca de comercio en la zona sur bonaerense.  Fue regidor del Cabildo de Buenos Aires y participó el 22 de mayo de 1810 en el histórico Cabildo Abierto.
Juan José Hernández concurrió de niño a los colegios de su ciudad natal, cursando en ellos sus primeros estudios, pasando luego a España, donde se inició en la carrera de las armas.  En su niñez había presenciado los épicos episodios de las invasiones inglesas, que hirieron vivamente su cerebro infantil.  También dejaron señal indeleble en su espíritu los acontecimientos de mayo de 1810 y la partida del Ejército Auxiliar.
Se alistó como voluntario bajo las órdenes del entonces sargento mayor Angel Pacheco, durante el interinato de gobierno del coronel Manuel Dorrego, después del sitio que soportó Buenos Aires por las montoneras vencedoras en la Cañada de la Cruz.  Entró a formar parte en clase de “aventurero” en el Batallón de Cazadores, cuando este cuerpo se pronunció en esta ciudad, el 9 de julio de 1820.
Con él marchó a campaña el día 18 del mismo mes a las órdenes de Dorrego, asistiendo a la toma de San Nicolás, el 2 de agosto; así como también a la batalla de Pavón, el 12 de este mes, en la que fue derrotado Estanislao López.  Se encontró en la acción de Gamonal, o de “Cañada del Monte”, el 2 de setiembre de igual año donde fue batido Dorrego por el caudillo santafecino.  Cinco días después, el 7 de setiembre de 1820, aquel Gobernador le extendía a Hernández despachos de teniente 2º agregado al Batallón 2º de Cazadores.
El 9 de octubre de 1826 fue promovido a capitán de la 2ª Compañía del 2º Escuadrón del Regimiento 5º de Caballería de Línea.  Poco después se incorporó al ejército de operaciones contra el Brasil, asistiendo a la batalla de Ituzaingó, por lo que recibió el cordón de honor y el escudo discernido por el Superior Gobierno.
Con fecha 7 de enero de 1828 el gobernador Dorrego le extendió despachos de sargento mayor del Escuadrón llamado “Defensores del Honor Nacional”, cuerpo con el cual permaneció acampando un tiempo en la Isla de Martín García, hasta que marchó a incorporarse a las fuerzas en operaciones contra los imperiales.  Sublevado dicho Escuadrón por las intrigas del general Rivera, este último tomó a su cargo la conquista de las Misiones Orientales, ocupadas por los brasileños; el sargento mayor Juan José Luciano Hernández marchó en julio de 1828 a formar parte del Ejército del Norte, que bajo el superior comando del general Estanislao López, debía operar contra los imperiales en el territorio de Misiones; prestando servicios en el Regimiento de Dragones desde el mes de setiembre, en Itaquí, sede de la comandancia en jefe de aquel Ejército, que ejerció el general Fructuoso Rivera hasta el final de la guerra, operando sobre San Borja, San Francisco y Cruz Alta.  En el curso de la campaña, Rivera propuso a la Superioridad que otorgara a Hernández la jerarquía de teniente coronel, la que se le concedió más adelante.
Hernández participó en la lucha contra el general Lavalle e hizo la campaña de Córdoba contra el general José María Paz, asistiendo al combate de Fraile Muerto, el 5 de febrero de 1831, bajo el mando de Pacheco; y en el cual fue derrotada la vanguardia del ejército enemigo mandada por el coronel Pedernera.  Hernández pasó el día 9 de aquel mismo mes, a comandar el 1er Escuadrón de su regimiento, a cuyo frente se halló en las jornadas de Calchín y Villa de los Ranchos, contra el ejército de Paz.  Terminada la campaña, el 19 de julio de 1831 fue designado su edecán por Juan Manuel de Rosas; revistando desde esta fecha en la Plana Mayor de Edecanes.
Acompañó al Restaurador en su campaña al Desierto, en 1833, mandando el Escuadrón Escolta; asistiendo a la toma de la Isla de Choele-Choel y a otras operaciones de importancia que tuvieron lugar en aquella expedición. 
Desempeñó la comandancia de Patagones hasta diciembre de 1841, en que regresó a Buenos Aires.
Desde 1849  revistó en la Plana Mayor de Edecanes de Juan Manuel de Rosas y para la campaña de Caseros fue nombrado jefe de uno de los agrupamientos de infantería.  Asistió a la Junta de Guerra convocada por Rosas la noche del 2 de febrero de 1852, y en la batalla del día siguiente, junto con el coronel Jerónimo Costa, Hernández tuvo a sus órdenes 8 batallones de infantería y varias piezas de artillería, que ocuparon el centro del dispositivo rosista.  Combatiendo con denuedo por la causa que había sostenido por espacio de un cuarto de siglo, murió gloriosamente al frente de las tropas, cuyo comando se le había confiado.
El coronel Hernández halló la muerte en circunstancias en que trató de imponer la disciplina a sus tropas contagiadas por el ejemplo desalentador de otros cuerpos, y que empezaban a desbandarse.  Sus propios soldados cometieron la infamia de volverse contra su Coronel y hacerlo víctima de su cobardía, acribillándolo a golpes de lanza.  Sus restos quedaron en el campo de batalla, y allí hubieran permanecido abandonados hasta ser sepultados en montón, si su cuñado, el Dr. Antonio Marcó del Pont, no se hubiese impuesto la piadosa misión de ir a recogerlos y conducirlos hasta el Cementerio de la Recoleta, donde fueron inhumados.  Según la tradición de familia, Marcó del Pont pudo identificar el lugar donde estaban los restos del coronel Hernández, gracias a la lealtad de un hermoso perro de este último, que le acompañó en la batalla, y muerto su amo, permaneció a su lado dos días, aullando tristemente, lo que permitió hallar el cuerpo de Hernández.